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lunes, diciembre 03, 2012

Gotham reciclada

Cuando empecé a ver Arrow, hace unas semanas, tenía curiosidad por ver qué hacían de Flecha verde: si sería el mismo vato simpaticón y mujeriego del cómic, con ínfulas de Batman en una ciudad que le tira a ser Gotham, pero algo subdesarrollada. Como si habláramos, por ejemplo, de un paralelismo entre San Nicolás y San Pedro. Luego del tercer episodio me quedó muy claro que Arrow es el relevo de Smallville, y cuando empezaron a recetarle a Oliver Queen una historia de pérdida-sufrimiento-venganza estilo Bruce Wayne me pareció muy triste que, para que el personaje tenga algún atractivo sólido, tengan que aderezarlo con elementos de Batman.

Pero las similitudes eran, cuando mucho, superficiales. Acabo de ver el episodio siete de la serie por puro morbo, porque Huntress, uno de los personajes más conflictivos de Batman, entraría en escena. Y ahora las similitudes son muy descaradas. Starling City es, ahora sí, una Gotham francamente reciclada, con una guerra de mafias conformada por las familias que tradicionalmente le dan la lata a Batman: los Bertinelli y la Tríada asiática, para empezar. Al rato serán los Falcone y Cobblepot, con sus negocios turbios disfrazados. Por lo pronto, el chico Queen ya tiene su Alfred: un exmarine contratado para cuidarle el pellejo, muy parecido al Alfred de Batman: Tierra uno. Ya anda por allí Canario negro (que también se da sus vueltas frecuentes por Gotham), aunque todavía no lanza sus características patadas ni da esos gritotes que son la delicia de mi hija de seis años. Al igual que Smallville, Arrow tendrá su desfile de héroes y personajes DC, con la salvedad de que, seguramente, no serán los metahumanos los que se den la vuelta por la ciudad, sino los vigilantes, los outsiders que generalmente andan buscando la aprobación de Batman sin conseguirla. Pero Green Arrow no es Batman, por mucho que quieran endurecerlo. Ni es el chico infinitamente optimista que es Clark Kent en los cómics. Es algo intermedio: simpático, aguerrido, desafiante, contreras, anarquista en el sentido más puro del término. Aquí es nada más un vigilante conflictuado por una cruzada encargada por el padre muerto. No es ni Batman ni Green Arrow. En resumidas cuentas, no me gusta.

Y bueno, no es como si se fuera a acabar el mundo por ello: soy fan de Batman, no de Green Arrow. Pero la serie podría ser linda. Una serie así siempre podría serlo. Como no traigan de verdad a Batman para darle un par de cachetadas guajoloteras a Green Arrow, darle en la madre a la Tríada, o poner un sensor de Brother Eye para checar las actividades del chico Queen en Star City, esta serie no tiene ni remedio ni perdón de Dios. Creo que, ahora sí, he terminado con Arrow

jueves, diciembre 08, 2011

"Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad..."

Con esta flagrante frase, tomada de Que leen los que no leen, de Juan Domingo Argüelles, quien a su vez la tomó de Gabriel Zaid, doy título a esta entrada.

No pretendo ni por accidente ponerme filosófica: mis tres lectores saben que carezco de la sutil gracia de la paciencia, que a la menor provocación empiezo a soltar trancazos, bofetadas e improperios inventados para la ocasión por mi fértil y guarra imaginación. Sin embargo, ya que todo mundo lo hace, dedicaré esta entrada al querido y nunca bien ponderado Enrique Peña Nieto.

 Que si el tipo es imbécil o analfabeta funcional no lo pondré en discusión: es evidente que de unos quince años para acá, la ignorancia se ha añadido a las multifacéticas taras de los políticos, no sólo mexicanos, sino del mundo entero. Tal como es mi costumbre, escribo para echar pestes, porque luego de dos, tres, cuatro días de atizarle al fulano, el asunto ya perdió gracia y se ha convertido en el caballito de batalla de toda persona que no se considera ni imbécil ni analfabeta funcional porque ha leído al menos los tres mentados libros que le cambiaron la vida que fueron el inicio de esta humillante aventurita para el político priísta. Es decir, ya nos olvidamos de lo esencial, de que Enriquito (deje usted que lea o no lea: da igual, a lo mejor el cuate es un ajedrecista bien chingón o pasa su tiempo pintando al óleo, placeres que, por ejemplo, me están absolutamente vedados) es un completo zope que no tiene ni idea de como afrontar un imprevisto, y mire usted que en una presidencia de la república eso de los imprevistos ha de saltar unas quince veces al día.

Dejando de lado el hecho de que Quique es un muchacho basto, inculto, grosero, cabeza dura, etcétera, nos enfrentamos, en primer lugar, al hecho de que este chico tuvo dos salidas decorosas para la impertinente pregunta del impenitente periodista, y no se le ocurrió tomar ninguna: a) "Mire usted, estimado periodista, fíjese que no leo, es que, ¿sabe usted? no lo acostumbro. En la escuela me enseñaron que leer es para estudiar, así que he leído sólo lo que me sirve para mi profesión, y los títulos de esos libros son tan áridos y aburridos, que la verdad ni los recuerdo"; b) "Mire usted, señor periodista, esa es una pregunta que considero muy personal, y por lo mismo me concedo el derecho a no responderla". ¡Y punto! Ultimadamente, ¿qué te importa, hijo de puta, lo que leo o no leo, si es asunto mío?

En segundo lugar, nos enfrentamos a las incontables e interminables andanadas de la gente culta, la gente que lee, la gente que moraliza y que dice que aquellos que no leen son unos pobres ignorantes que no merecen, ya no tomar parte en la vida social, sino siquiera vivir en ella. Lo que Quique hizo fue darnos chance de ponernos groseros: "Mejor lee, no des Pena, Nieto"; "No le regales tu voto a Peña Nieto, mejor regálale un libro". Y mi pregunta es, ¿para qué le regalo un libro, si no lo va a leer? Lo cual me lleva a una cuestión prístina y fundamental en la que nadie, en los últimos años, parece haber parado mientes: ¿y si esos bajos índices de lectura que tanto nos pasean las autoridades por delante de las narices, significan simple y llanamente que a la raza no le da la puta gana leer, qué?

Lo que olvidamos aquellos que leemos, es que leer es una de las muchas aficiones "cultas" que puede practicar una persona: también lo son ir al teatro, ir a un concierto, ir a un baile, ir al ballet, ir al cine, ir a un jolgorio, pintar, jugar ajedrez, esculpir, plantar jardines, y jugar a la matatena. Y sin embargo, de todas estas opciones de sano esparcimiento cultural, yo solo puedo decir honestamente que leo, escucho música y voy al cine. ¿No jugar ajedrez me hace ignorante? Tal vez. ¿No ir al teatro me convierte en una persona inculta? Chance. ¿No llorar de emoción cada vez que la primera bailarina ejecuta un pas de deux en "El lago de los cisnes" me convierte en una bruta? Quizás. Pero la verdad, me vale cuerno, porque al final, cada quien toma del mundo, e incluso de la cultura, aquello que le resulta más agradable, y ese es un derecho básico e incontrovertible, como respirar.

Así que la frase de Zaid me parece muy adecuada en estos momentos: ¿Para qué sirve leer? Para nada. Si no es un vicio, si no te da felicidad, si no te da una perspectiva del mundo (que no proporciona el libro, sino que vislumbra la propia persona a través del libro) no sirve para nada. No sirve ni para estudiar, vaya. Este infortunado incidente ha servido para que los "lectores profesionales", esos que nomás leen sin levantar la vista para de perdido ver transcurrir la vida mientras ellos se sienten elegidos por los dioses por estar leyendo la última novela de quien quiera que esté de moda, se sientan con el derecho (autoproclamado, y por lo tanto espurio) de despreciar al Quique, y de paso a los noventa millones de mexicanos que no leen, porque no son capaces de citar de memoria a Bourdieux, Lacan, Derrida, Saussure, etcétera, etcétera, etcétera. Pongámonos humildes: leer es maravilloso, es un regalo que nos da la vida, pero no es milagroso: como dice Argüelles (perdón por citar) en alguna parte de Qué leen los que no leen, el libro es un espejo, y una lente de aumento, que magnifica eso que trae dentro de sí misma cada persona. O si lo quiere usted con peras y manzanas:

... no por ser lector ávido el ser humano estará lejos de las bestias. Las autocomplacientes teorías que relacionan progreso político, social y económico con arte y cultura terminan por ser algunas de las chapucerías más patéticas de la soberbia intelectual. Creer que en el libro reside de suyo, siempre, el mejoramiento humano, es como ignorar que entre los creyentes religiosos, que presuntamente siempre tienden al bien, se incuban y se desarrollan muchos de los especímenes más infames y destructivos del género humano y la naturaleza. Todo fanatismo, incluso el de la cultura, por bienintencionado que sea, conduce siempre a conclusiones falsas.
Como todas las adicciones, la lectura no sólo no cura los males sino que los agrava. A los pretenciosos los vuelve más pretenciosos; a los ridículos, más ridículos; a los vanidosos, más vanidosos; y más frívolos a los frívolos, y más desdeñosos a los desdeñosos. Que es lo mismo que decir, con Lichtenberg, 'aquello tuvo el efecto que por lo general tienen los buenos libros. Hizo más tontos a los tontos; más listos a los listos, y los miles restantes quedaron ilesos'.
Más allá de optimismos excesivos, que son una forma de irresponsabilidad, entendemos que, como todo acto humano, la lectura y la escritura están permeadas por nuestra personalidad, por nuestros propios temores y resentimientos, y por nuestros sueños y desdichas. No hay que ser condescendientes con esto, ni hipócritas: somos lo que somos incluso si leemos.

Así que deje usted de partirle su madre a Enriquito (ya se encargará él mismo de partírsela solo, y esperemos que sin llegar a ser presidente): insistir en el punto ya es pedantería, cursilería y pura, pura vulgaridad. He dicho.

viernes, noviembre 04, 2011

Atrofia imaginativa

Hace unos días, algunos de mis estudiantes hicieron una representación, accidentada y muy improvisada, de "Un hogar sólido", de Elena Garro. Pocos de los espectadores lo notaron, pero se les olvidó una parte de los diálogos, de manera que medio improvisaron al principio, hasta que la cosa se estabilizó. Yo, en su caso, habría quedado muy escamada con la experiencia y lo máprobable es que jamás me hubiera vuelto a acercar a una representación. Sin embargo, a ellos les gustó, y ahora están planeando montar una pastorela para dentro de un mes.

Son chicos extraordinarios. Escandalosos, como cualquier chico promedio de prepa, estos además son curiosos y receptivos. Les he dado las materias de humanidades y ciencias sociales, y en general les gusta participar, opinar, y sobre todo, leer. Leían de buena gana, o escuchaban a otros leer en voz alta, y les gustaba. La lectura les evocaba sabrá dios qué cosas en la cabeza. De manera que ahora son capaces de hallarle gusto al teatro.

Hoy tuve una sesión de cine muy frustrante con otro grupo. Veíamos "La niebla", de Carpenter, porque con ellos estoy viendo la tipología del cuento, y "La niebla" es un buen cuento de terror. Sólo asistieron dos: las chicas no obtuvieron permiso de los padres para quedarse, uno de los chicos (el que se duerme cada vez que leemos en clase) prefirió irse a jugar futbol americano. De los dos que se quedaron (casi como dice la canción) uno de ellos se retiró porque tenía hambre, y el otro porque no le gusta el cine. Es que es aburrido. Es que no le llama la atención. Tampoco los cuentos de terror. en general, ningún cuento, a menos que sea un manga japonés, de preferencia Evangelion o algo parecido, con personajes muy tristes y profundos, que reflejen lo trágica que es la existencia humana.

Es curioso como sufrimos de atrofia imaginativa en diversos grados, y no sólo las personas que están clavadas en la televisión, o los deportes, o las telenovelas. Este chico gusta de leer, pero en lugar de que la lectura le abra el mundo, él ha elegido cerrárselo. Cuando el medio nos atrofia es triste, pero que uno mismo decida mutilarse, cegarse, encerrarse en un cuartito pequeño, deprimente y a la medida de nuestra autocompasión, no sólo es triste, sino trágico. Y de paso, da mucha hueva.

jueves, mayo 26, 2011

Oh, México barroco...

Es lugar común decir que México es barroco, ¿verdad? Tanto como decir que es bárbaro, mágico, trágico, y demás sandeces por el estilo. Ridículo, increíblemente ridículo sí que lo es, y acomodaticio, y cínico, y farsante, y muy falto de autoestima.

Pero bueno, empezar un post de esta manera es muy dramático y de mal gusto: muy retórico, muy académico y por lo tanto muy pose, la neta. Y lo único que quiero decir es algo que cualquier persona que tiene más de un mes de conocerme sabe nomás de mirarme: que estoy profundamente emputada con mi país. Pero entendámonos: no estoy enojada por la inseguridad, que siempre ha existido; ni por el gobierno inepto, que para nosotros es una tradición secular; ni por el narco, que forma parte de nuestro folclor. Me emputa que todos nos hagamos pendejos, y finjamos que no sabemos por qué pasa todo esto, y que nuestros intelectuales se quieran sentir inteligentes y parecer sensibles y se crean la mera onda porque hacen cosas trascendentes, que seguramente van a salvar a México (quiero saber cómo putas va a salvar a México un pinche poema del Sicilia que ahora está pidiendo por el alma de los matones que se empinaron a su hijo), o que ponen mensajes de luto lindos, minimalistas y profundos acerca de Leonora Carrington, cuya obra conocen de pasadita en las exposiciones que nuestros dignos museos organizan de cuando en cuando. Vamos, que en muchos casos ni sabían que la mujer seguía viva. Vivimos en un pinche país acomodaticio donde el sueño dorado de millones de mexicanos es llegar a burócrata (en un aula llena de niños que dentro de diez años va a llegar a mis manos en prepa y me va a decir que por fin entendieron como clasificar las palabras en agudas, graves y esdrújulas; o en un escritorio en cualquier universidad pública para escribir artículos llenos de obvidades y pendejadas acerca del último poeta latinoamericano que murió). Qué cagante que las instituciones culturales, que presuntamente tienen el potencial para perfilar a una nueva generación de mexicanos capaz de pensar en más opciones de vida además del narco, estén llenas de parásitos que se echan porras mutuamente diciéndose: aquí en mi institución sí trabajamos, si editamos la obra de nuestros escritores regionales, de nuestros artistas plásticos y cantantes folclóricos. Pero por encima de todo, me emputa que ayer haya ido a dar a mi trabajo un muchacho secuestrado, madreado, apaleado, y convencido de que lo perseguían para matarlo, recién fugado de una casa de arraigo que se encontraba a una cuadra de distancia de la escuela, y que la policía haya llegado para dejar ir como si nada al mandamás, que se fue bien orondo en su carrote del año, y a otro pobre pendejete secuestrado, madreado y con finta de narcomenudista para luego treparlos a él y al primer güey que se escapó a una granadera. De seguro que ya no sabrá nada más de ellos el mundo.

Y para rematar en polca, tenemos anarquistas trasnochados que no se dieron cuenta de que se les pasó la eṕoca como con cien años, y que vienen a empinarse cafeterías charchinas no para legitimar su lucha contra la opresión imperialista o contra el gobierno corrupto o contra la guerra contra el narco, sino para recordar a un pendejo de mierda que voló con todo y su rila y su pinche bomba casera por los aires porque nadie le dijo que la bomba se armaba al llegar, no al pedalear. De seguro que se ganó el Premio Darwin de ese año.

Y la reflexión de mis niños fue que les gustaría que ya se hiciera cargo de toda la situación el Cártel del Golfo, porque ellos nomás quieren trabajar, son personas de bien que no quieren matar a nadie que no se meta con ellos, y que con seguridad meterían en cintura tanto a los otros cárteles como a nuestro gobierno corrupto. Son mis niños que acuden regularmente a servicios religiosos, que reciben clases de valores, que se quedan los lunes al club de lectura, los martes y jueves al taller de italiano, y los miércoles y viernes al club de cine. Son los mismos que me preguntan que para qué sirve votar, si cualquier gobierno es lo mismo, y de todas formas los militares los cuidan, y lo que hay que hacer es dejar a los del Golfo jalar tranquilos, como ellos, que quieren conseguir una plaza de maestros en la SEP, para ser mexicanos de bien incapaces de meterse en problemas porque saben vivir perfectamente con el sistema.

Yo no sé vivir en este sistema. Puta, qué cansada estoy.

jueves, marzo 24, 2011

Ah, humanidad

Un amigo mío dice que es un error ser amable con la gente. En la época en que convivía diariamente con él, estuve muy conciente de ello, y no intentaba portarme bien con nadie. Pero la verdad, mi temperamento me inclina a tratar bien a todo mundo, aunque no lo merezca.

Lo cierto es que mi temperamento también me inclina a acumular las ofensas y a tomar nota de todas y cada una de ellas, hasta que la burbujita revienta y salpica mierda por todas partes. Defecto de carácter, lo sé, y me ha costado más de una mirada furibunda y silencios incómodos al entrar a una habitación. Sucede que cuando he hecho algo para merecer estos tratamientos, no alego nada. Pero cuando los recibo sin deberlos ni temerlos me pudre. Me pudre y me revienta.

Mi pregunta es (y de antemano sé la respuesta), ¿por qué la vecina es tan pinche imbécil que se atreve a tratarnos como bichos sarnosos? ¿Por qué siempre me toca una compañera maestra que da valores que a mitad de semestre empieza a mirarme torvo y a murmurar que soy una "librepensadora", como si eso fuera malo? ¿Por qué la gente se comporta como si fuera estúpida?

Y claro, se comporta así porque en efecto, es estúpida; y por supuesto, ser amable con los demás es un error. Un error garrafal.

sábado, septiembre 05, 2009

La adrenalina o de cómo el significado de una palabra cambia con el contexto en que es pronunciada

Sábado, 8:00 horas. El Hurón, fiel a las costumbres genéticamente incorporadas a su especie, desearía seguir dormidote unas tres o cuatro horas más. Pero la Huroncita, que se durmió muy temprano la noche anterior, está pegando de brincos por un lado y gritando "¡Ya es de día, mamá, levántate!"

La tele mañanera es tan deplorable como la vespertina y nocturna: todo lo que pasan es mental y moralmente dañino e insultante. Cuando el Hurón y su animosa cría la prenden, lo mejor que encuentran es un episodio de una nueva serie del Hombre araña. Está tan aburrida que la Hurona prefiere sacar sus figuras de foami para jugar con ellas.

Luego del Patraña, sigue una de las súper aventuras de Max Steel. Aburrida. Pero como cada una de nosotras ya agarró su rollo, el agencete está pegando de brincos y dando madrazos sin que nadie lo pele. Se acaba la primera aventura y sigue otra. Los actores que les doblaron la voz a los monitos no son los mismos de la película anterior: estos se oyen muy ampulosos, como el Hombre araña en la serie donde salía con sus increíbles amigos Estrella de fuego y el Hombre de hielo. Entre que el Hurón se zampa un huevito con chorizo, la Hurona juega con su Play doh, el Hurón lee una nota del Villoro y la Hurona, que ya se desayunó unas galletitas, busca infructuosamente un refresco de manzana que se bebió anoche, el muñequito de la tele descubre que sus "nanocargadores" (diríase, sus baterías), están fallando, y que pueden ser suplidos por una buena tanda de adrenalina: o sea, necesita ponerse a correr como atleta pendejo y asustarse como nerd en casita de los horrores para producir suficiente adrenalina y así salvar al mundo. Cuando descubre eso, su patiño, que es un nerdototote, exclama: "¡Entonces la adrenalina es poder, el valor es poder! ¡Wow, órale, la adrenalina la rifa!"

Como Max Steel es un monito que constantemente se adapta a las susceptibilidades del mercado, es más que posible que en estos momentos no sea la adrenalina lo que la rife para él, sino la bilirrubina o la hidrocortisona (ambas sustancias, al igual que la adrenalina, son producidas en cantidades debidamente saludables por el cuerpo humano). Cuando yo era niña, y por lo tanto era obscena y ridículamente asmática, una dosis de .10 a .30 mililitros de adrenalina eran la diferencia entre una pinche noche de porquería con un pinchísimo ataque de asma, o una noche moderadamente tranquila, con los bronquios y la respiración despejados.

En mi mundo de vida, en mi experiencia personal, la adrenalina servía para cortar ataques de asma. En el mundo de cartón de este monito pixeleado, la adrenalina es el vehículo para salvar el mundo.

Definitivamente, el significado de las palabras depende del contexto en que son citadas. Con este caso en particular debería estar tirada de la risa, pero por alguna razón no me hace pizca de gracia. Estoy hastiada de que las palabras no signifiquen lo que significan: hay adultos mayores, elementos del ejército, personas con capacidades diferentes, sociedades del conocimiento, para decir con un rodeo ridículo cosas que pueden expresarse de manera directa y efectiva: es el mismo mecanismo de las kenningar, y me cae que por eso las kenningar se fueron a la chingada. Cuando podamos decir sin rodeos y sin desdoro que hay ancianos, soldados, inválidos, élites intelectuales, etcétera, los chicos podrán comprender qué es la adrenalina: una sustancia segregada por el cuerpo como defensa ante situaciones de peligro extremo o de estrés excesivo: no sirve para salvar al mundo, su producción excesiva suele venir acompañada de una profunda sensación de desgaste, y una dosis alta produce un infarto contundente.

De hecho, lo que más nítidamente recuerda el Hurón de las dosis de adrenalina que en su lejana infancia le aplicaban los doctores, es que dormía como Hurón, porque quedaba bien madreada.

He dicho.

miércoles, junio 24, 2009

Promesas de campaña

La mañana inició ajetreada. Pasaron veinte minutos a partir de que la tele se encendió y el despertador sonó para que pudiéramos levantarnos y empezar el día. Entre las muchas banalidades cruciales que hago en las primeras horas de la mañana (bañarme a la carrera, bañar a la nena más dormida que despierta, vestirme rápido y buscando ropa que no necesita plancharse, bajar hecha madre con el Pachuco a preparar el lonche y el desayuno, prender la tele para escuchar de refilón el pronóstico del clima), escuché una entrevista en vivo que Telediario le hizo a Larrazábal. El tipo se veía relajado: iba en ropa deportiva, para correr, y de fondo se veían el tráfico y algunas personas rumbo a su trabajo, o que estaban caminando un poco antes de ir a trabajar. Y entonces el cuate suelta su promesa estrella de campaña: todos los candidatos panistas que resulten electos este 5 de julio (entre los cuales se supone él mismo, claro está) designarán a jefes militares para que se hagan cargo de la secretaría de seguridad de sus respectivos estados y municipios.

La historia no cesa de probar una y otra vez que la combinación derecha-milicia es mala, nefanda, funesta, etcétera. Y sin embargo, este idiota de porquería suelta esta monserga en televisión, con su carita tranquila y su ropa deportiva nice, y la gente dice "ah, sí, que el ejército se haga cargo". ¿Cómo es que nadie respinga? ¿Cómo es que nadie le dice a estos pendejos que los militares, en tiempo de paz, deben estar marchando en sus cuartelitos y no sueltos en las calles haciendo redadas? Nadie se acuerda de esto: que Hitler parecía buena persona y buen patriota, que Mussolini era buen critiano, que Pinochet era conservador, que Porfirio Díaz era de la vieja guardia, y que Larrazabal y su raza son de esa vieja guardia. Me asusta la naturalidad con que la gente acepta las cosas, pensando que aquí no pasará, que aquí la derecha es tranquila y el ejército está al servicio del pueblo.

Pero no es así. La derecha es la derecha y el ejército está al servicio del mandamás en turno. ¿Y entonces? ¿Qué onda con México?

martes, mayo 19, 2009

Ontología del unicornio

Todo estudiante universitario lo sabe: cada escuela o facultad está presidida por un animal representativo para las justas deportivas: un totem, pues. Suele ser ramplón en sí mismo, pero digamos que hay de animales a animales, aunque todos sean del monte. Así, es relativamente soportable tener por mascota a un elefante, a un oso (¡je!), a un castor, etcétera. Pero hay casos verdaderamente bochornosos. Por ejemplo, cualquiera creería que la mascota de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL es la lechuza. Pos sí, ¿qué no? Digo, por derecho propio: es que la lechuza es sabia, es que la lechuza es misteriosa, es que la lechuza mis polainas, porque es la mascota de los güeyes que estudian derecho. Filo tiene el dudoso privilegio de tener al unicornio como mascota. Digo, el pinche bicho ni siquiera existe en la zoología. ¿Qué creen ustedes que piensa una persona en su sano juicio de unos muchachitos que salen a jugar futbol con un unicornio pintado en una camiseta? "No, pos por eso juegan así: en alguna parte de su cerebro imaginan que saben jugar..." Pa' pior deshonra, no hace mucho que pusieron una estatua de un unicornio rampante a la entrada de la facultad. No se ustedes, pero a mí me da repelús entrar a un sitio engalanado con semejante mamotreto. Pues hete aquí que la familia Hurón ha dado con el meollo ontológico del unicornio. El martes 19 de mayo del 2009, mientras la familia Hurón acudía a Filo para ver el mini tianguis de libros usados emplazado en la explanada de la facultad, el miembro más pequeño de la familia, la tierna Hurona, dijo en una exclamación que le salió de lo más profundo de su alma: "¡Mira, un caballito, para echarle moneditas!" ¡Oh, mes amis! ¡Es la puritita neta! El mugre unicornio de la entrada de Filo tiene talante (como dijera otrora Agustín Basave) de caballito de monedas de esos que hay a la entrada de las zapaterías Pingo. ¡Misterio develado! ¡Por eso es un circo nuestra nunca bien ponderada facultad! ¡Salud, bohemios!