Hace años, cuando el Hurón y el Pachuco se fueron a vivir juntos en la misma madriguera, recibían la visita regular de los señores Sagaz y Sensato. Eran tiempos idílicos en los que nos valía madre desvelarnos, pendejear y llegar tarde al jale. Uno de nuestro temas recurrentes de conversación era el Club.
El Club fue uno de nuestros bizantinismos más frecuentes. En cierta forma, aún lo es. No nos ponemos de acuerdo para abordar el tema, pero la verdad es que cada uno de nosotros añade gente por su cuenta. El Club es un selecto grupo de actores-actrices que tiene en su haber interpretaciones de personajes históricos, literarios o comiqueros, lo cual los hace distinguirse de cualquier actorzuelo-actricilla de medio pelo. Mi último añadido es Eric Bana, que tiene el siguiente currículum:
Hulk (en The incredible Hulk)
Héctor (en Troya)
Enrique VIII (en The other Boleyn Girl)
Como me parece indigno de mi parte no proporcionarles la adecuada información, aquí van otros miembros notables del Club.
Richard Harris:
Marco Aurelio, en Gladiador
Dumbledore, en Harry Potter y la piedra filosofal / la cámara de los secretos
El abate Faria, en El conde de Montecristo
Abraham, en Abraham (serie de TV)
El rey Arturo, en Camelot
Gulliver, en Los viajes de Gulliver
Caín, en La Biblia
Johnny Depp:
Willy Wonka, en Charlie y la fábrica de chocolate
Sweney Todd, en Sweney Todd: el barbero demoniaco de Fleet Street
J.M. Barrie, en Neverland
Frederick Abberline, en Desde el infierno
Ichabod Crane, en Sleepy Hollow
Corso, en La última puerta
Ed Wood, en Ed Wood
Ian McKellen:
Magneto, en la serie de películas de X Men
Gandalf, en El señor de los anillos
Lear, en El rey Lear (próximamente)
Nicolás II, en Rasputín
Ricardo III, en Ricardo III
Reinhardt Lane, en La sombra
Yago, en Otelo
Hitler, Countdown to War
Ron Perlman:
Conan de Cimmeria, en Conan, Red nails
El protagonista (Larson) de En las montañas de la locura, si es que alguna vez llega a filmarla Guillermo del Toro
Hellboy, en la primera y segunda parte
En las series animadas de Batman, Superman y Liga de la justicia: Killer Croc, Bane, Clayface, Orion, Hades.
Dusharo, en Crimen y castigo
Boltar, en Prince Valiant
El que dice las leyes, en La isla del dr. Moreau
Salvatore, en El nombre de la rosa
Y nomás porque son lucideses: Vincent, en La bella y la bestia; y Amoukar, el cavernicola gigantón, en La guerra del fuego.
Bruce Willis:
Hartigan, en Sin City
John McLane, en Duro de matar
Joaquin Phoenix:
Johnny Cash, en Walk the line
Cómodo, en Gladiador
Gabriel Byrne:
D'Artagnan, en El hombre de la máscara de hierro
Satanás, en End of Days
El señor Bauer, en Mujercitas
Mussolini, en Mussolini (TV)
Cristóbal colón, en Cristóbal Colón (TV)
Uther Pendragón, en Excálibur
Kenneth Branagh:
Hamlet, en Hamlet
Yago, en Otelo
Victor Frankenstein, en Frankenstein
Patrick Stewart:
Charles Xavier, en X Men
Nemo, en la Isla misteriosa
Scrooge, en Cuento de Navidad
Ahab, en Moby Dick (TV, supongo)
Ricardo Corazón de león en Las locas locas aventuras de Robin Hood
Gurney, en Dune
Hugh Jackman:
Wolverine, en X Men
Van Helsing, en Van Helsing
Keira Knightley:
Ginebra, en Rey Arturo
Elizabeth, en Orgullo y prejuicio
Emma Thompson:
Elinor, en Sensatez y sentimientos
Beatriz, en Tanto para nada
Natalie Portman:
Ana Bolena, en The other Boleyn Girl
Evey, en V de venganza
Bruno Ganz:
Hitler, en La caída
Antoine de Saint-Exupéry, en Saint-Ex
Jonathan Harker, en Nosferatu
Viggo Mortensen:
Strider/Aragorn, en El señor de los anillos
Alatriste, en Alatriste
Lucifer, en Soldados de Dios
Tom Stall, en Una historia violenta
Frank Hopkins, en Hidalgo
... y dicen por ahí que será Edgar Allan Poe en una bio-pic acerca de Poe. Nada más.
Si ustedes recuerdan a alguien que debería estar aquí (porque no están todos los que son, ajá), nomás me hacen la observación. Y como yo creo que ya se dan una idea de cómo está el abarrote, pues ahi le paro. Tan-tan.
viernes, mayo 30, 2008
jueves, mayo 29, 2008
Rocky y Gokú

Domingo a las 10 de la mañana. El Oportuno y el Magnánimo se acababan de levantar. El Taco bien jetón, gracias a Dios, y nosotros desayunando tranquilos, sin berridos, gritos, ni manazos. Prendemos la tele y ¡toma! que ponen Rocky 2 en el canal 6. No, pos chido, que a toda madre, ahora resulta que Rocky es película dominguera-mañanera. ¡Qué mal pedo! Pero bueno, es lo más decente que han pasado un domingo por la mañana en semanas. Vale, déjala de fondo.
En lo que el Oportuno y el Magnánimo hacían cumplir el destino de su desayuno, la película avanza. Aburrida, aburrida, no estaba. Nomás que no nos da por ver películas de boxeadores, así que se nos hacía lenta. Rocky y Apolo Creel están en un hospital después de la mutua madriza que se pusieron en Rocky 1, y están convalecientes. Rocky anda de rol por la sala y por no dejar pasa a darle la vuelta a Apolo. Abre la puerta y dice con voz como de retardado mental (que no es más que pura dramatización, como sabrán el inequívoco acento de menso que tiene Silvester Stallone se debe a que en algún momento sufrió de parálisis facial; por eso no habla bien y sonríe que da miedo): "Apolo, ¿peleaste lo mejor que pudiste?" y el negrote responde fastidiadón: "Sí, lo mejor que pude." "¡Gracias!", responde el otro güey, y se va caminando muy tranquilo a su cama.

El Magnánimo, que le daba tremendas mordidas a su taco de queso, dice sin levantar la vista: "Uta, éstos dos ya parecen Gokú y Vegeta: ¡Insecto, somos de la familia guerrera de los saiya-jin, y me debes una pelea, y debes pelear lo mejor que puedas!". Y responde el Oportuno: "Ahora resulta que el Toriyama es pasmarote de Rocky y no nadamás de Supermán, como decía." Y seguimos desayunando muy a gusto.
El punto es que uno ya no sabe de donde va a venir la pasmareada. Al rato va a resultar que el Toriyama también leía la Biblia y el Quijote, y que sacó cosas de allí para Dragon Ball. El caso es que hacía mucho que no pensaba en Dragon Ball, y el domingo me tocó recordarlo de pronto, y con reminiscencias que no por lógicas son menos raras.
jueves, mayo 08, 2008
Mono, mi amon
Así es como Irene solía llamar al Moro, uno de nuestros dos gatos. En realidad, lo que quería decir con esto era "Moro, mi amor".
Me cae que nadie en el mundo le ha profesado un amor tan auténtico y macanudo al micho en cuestión. En su juventud fue un gato horrendo: negro, flacucho, con los pelos como de cepillo, esmirriado, y blanco consuetudinario de todos los gatos macarras del barrio. Luego de su castración (Erick, su veterinario, casi nos suplicó que lo dejáramos operarlo, porque se lo llevábamos mal herido al menos una vez por semana; hasta nos hizo precio), se convirtió en un tremendo gatote gordo y de aspecto temible, y entonces fue él el azote de los gatos de la cuadra. No había quién se acercara a la casa con semejante micho en el porche. Y como tenía el hocico larguirucho, las orejas puntiagudas, la cola larga y demasiado delgada, y de cuando en cuando le aparecían signos de calvicie, tenía finta de gato de bruja.
El invierno pasado le cayó mal a Moro. Empezó a perder mucho peso, y el pelo se le cayó de la cabeza y el cuello. Cuando el Oportuno y el Magnánimo le ponían cara de lástima y de rechazo, Irene se le acercaba con los bracitos abiertos y le gritaba "Mono, mi amon". Y el gatucho corría, porque le tenía bastante miedo a los cariños algo violentos de Irene, pero no se alejaba demasiado.
El pasado martes 29 de abril llegamos a casa y encontramos a Moro muerto. Parecía tener muchas horas así. Irene llegó dormida, así que no tuvo que verlo. El Oportuno y yo le cavamos con dificultades (es que ya no tenemos pala) una fosa en el jardín, junto a la de Ludo. Después de eso, me ha parecido que Irene lo busca al llegar a casa, pero no pregunta por él puesto que no lo ve. Además, aún tiene a Patón, su gato negro de peluche. A él le dice "Ven, mi amon, ven".
Moro, que en realidad se llamaba Ludovico el Moro, nació el 27 de diciembre de 2002. Tenía cinco años. Cuando nació, Juli, su mamá, aún no cumplía un año. Se quedó con nosotros porque nadie quería llevarse un gato negro. Fue uno de los gatos más cariñosos que hemos tenido, y era tan fiel, que más parecía perro que gato.
Me cae que nadie en el mundo le ha profesado un amor tan auténtico y macanudo al micho en cuestión. En su juventud fue un gato horrendo: negro, flacucho, con los pelos como de cepillo, esmirriado, y blanco consuetudinario de todos los gatos macarras del barrio. Luego de su castración (Erick, su veterinario, casi nos suplicó que lo dejáramos operarlo, porque se lo llevábamos mal herido al menos una vez por semana; hasta nos hizo precio), se convirtió en un tremendo gatote gordo y de aspecto temible, y entonces fue él el azote de los gatos de la cuadra. No había quién se acercara a la casa con semejante micho en el porche. Y como tenía el hocico larguirucho, las orejas puntiagudas, la cola larga y demasiado delgada, y de cuando en cuando le aparecían signos de calvicie, tenía finta de gato de bruja.
El invierno pasado le cayó mal a Moro. Empezó a perder mucho peso, y el pelo se le cayó de la cabeza y el cuello. Cuando el Oportuno y el Magnánimo le ponían cara de lástima y de rechazo, Irene se le acercaba con los bracitos abiertos y le gritaba "Mono, mi amon". Y el gatucho corría, porque le tenía bastante miedo a los cariños algo violentos de Irene, pero no se alejaba demasiado.
El pasado martes 29 de abril llegamos a casa y encontramos a Moro muerto. Parecía tener muchas horas así. Irene llegó dormida, así que no tuvo que verlo. El Oportuno y yo le cavamos con dificultades (es que ya no tenemos pala) una fosa en el jardín, junto a la de Ludo. Después de eso, me ha parecido que Irene lo busca al llegar a casa, pero no pregunta por él puesto que no lo ve. Además, aún tiene a Patón, su gato negro de peluche. A él le dice "Ven, mi amon, ven".
Moro, que en realidad se llamaba Ludovico el Moro, nació el 27 de diciembre de 2002. Tenía cinco años. Cuando nació, Juli, su mamá, aún no cumplía un año. Se quedó con nosotros porque nadie quería llevarse un gato negro. Fue uno de los gatos más cariñosos que hemos tenido, y era tan fiel, que más parecía perro que gato.
domingo, abril 13, 2008
Huronadas
"Nacido macho y soltero a temprana edad en Mississippi. Dejó la escuela al cabo de cinco años en el séptimo grado. Consiguió empleo en el banco del Abuelo y aprendió el valor medicinal de su licor. El abuelo creyó que lo había hecho el conserje. Éste fue tratado severamente. Vino la guerra. Le gustó el uniforme británico. Se alistó a la comisión R.F.C., como piloto. Se estrelló. Costó 2000 libras esterlinas al gobierno británico. Continuó como piloto. Se estrelló. Costó 2000 libra esterlinas al gobierno británico. Desistió. Costó 84,30 dólares al gobierno británico. Dijo el Rey: "Bien hecho". Regresó a Mississippi. La familia le consiguió un empleo: administrador de correos. Dimitido por acuerdo mutuo por parte de dos inspectores; acusado de arrojar todo el correo recibido a la basura. Nunca se comprobó cómo dispuso del correo saliente. Los inspectores se llevaron un chasco. Cobró 700 dólares. Marchó a Europa. Conoció a un hombre llamado Sherwood Anderson. Dijo: ¿Por qué no escribir novelas? A lo mejor no tengo que trabajar". Lo consiguió. Soldier's Pay. Lo consiguió. Mosquitoes. Lo consiguió. Sound and Fury. Lo consiguió. Sanctuary, que aparecerá el próximo año. Actualmente vuela de nuevo. 32 años de edad. Posee una máquina de escribir que maneja él mismo."
William Faulkner. Cartas escogidas.
"No hay peor sistema de alumbrado que el de la llamada Luz Interior;no hay religión más horrenda que la idolatría del dios interior. Conocer a alguien es conocer su modo de obrar. Que Juan adore al dios interior sólo significa que Juan adora a Juan. Más valdría que Juan adorase al sol, o a la luna, o a cualquiera cosa que no sea la Luz Interior; más le valdría adorar gatos y cocodrilos, si tiene la suerte de enconstrarse con ellos, antes que adorar al dios interior."
G.K. Chesterton. Ortodoxia.
... y se encontró de pie ante un escaparte de la Quinta Avenida. Era el de una tienda de numismática y estaba ocçbservando detenidamente un dólar de oro, preguintándose si podría permitirse añadirlo a su colección. "¿Qué colección?", se preguntó desconcertado. "So yo no colecciono monedas. ¿Qué hago aquí? ¿Y cuántas horas llevo mirando escaparates cuando debería estar en mi despacho supervisando... supervisando...?" No podía recordar lo que supervisaba. Era un negocio de algún tipo, que tenía que ver con gente dotada de algunas habilidades particulares. Cerró los ojos, tratando de concentrarse. "No, tuve que dejarlo el ñao pasado por culpa de un infarto", recordó. "Pero estaba allí, en mi despacho, hace unos pocos segundos, hablando de un nuevo proyecto con un grupo de gente". Cerró los ojos. "Ya no está", pensó confundido. "Lo que yo levanté ya no está". Abrió los ojos y se vio de nuevo en su despacho. Ante él estaban G.G. Ashwood, Joe Chip y una muchacha morena, intensamente atractiva, cuyo nombre no recordaba. Por razones que no alcanzaba a comprender, le sorprendió que no hubiera nadie más presente.
-Señor Runciter-dijo Joe Chip-, le presento a Patricia Conley.
-Encantada de conocerle al fin, señor Runciter-dijo la muchacha. Soltó una carcajada y sus ojos lanzaron un destello exultante. Runciter no sabía por qué.
"Le ha hecho algo", comprendió Joe Chip. -Pat-dijo en voz alta, lanzando en derredor una mirada de interrogación-, no pondría la mano en el fuego pero creo que aquí las cosas son diferentes-. El despacho ofrecía el aspecto de siempre: la alfombra demasiado estridente, los objetos artísticos heterogéneos de siempre, las mismas pinturas originales y sin ningún mérito... Tampoco Glen Runciter había cambiado: desordenado su cabello gris, meditativo el rostro, le devolvió la mirada. También él parecía perplejo. Cerca de la ventana, G.G.Ashwood se encongió de hombros con indiferencia. Era evidente que no veía nada anormal.
-Nada ha cambiado-dijo Pat.
-Todo ha cambiado-repudo Joe-. Debes haber retrocedido en el tiempo y nos has puesto en otro rumbo. No puedo demostrarlo ni precisar la naturaleza de los cambios, pero...
-Nada de peleas conyugales en horas de oficina-dijo Runciter frunciendo el ceño.
-¿Peleas conyugales?-preguntó Joe, desconcertado. Vio entonces el anillo que llevaba Pat en el dedo; era de plata labrada y jade, y recordó haberle ayudado a elegirlo. "Fue dos días antes de casarnos", pensó. "De eso hace cerca de un año. Entonces pasaba muchos apuros monetarios, pero ahora las cosas han cambiado: Pat, con su sueldo y su espíritu ahorrativo, las ha arreglado para siempre".
Philip K. Dick. Ubik.


"Thunder on the mountain, fires on the moon
There's a ruckus in the alley and the sun will be here soon
Today's the day, gonna grab my trombone and blow
Well, there's hot stuff here and it's everywhere I go"
Bob Dylan. "Thunder on the mountain", Modern times.
William Faulkner. Cartas escogidas.
"No hay peor sistema de alumbrado que el de la llamada Luz Interior;no hay religión más horrenda que la idolatría del dios interior. Conocer a alguien es conocer su modo de obrar. Que Juan adore al dios interior sólo significa que Juan adora a Juan. Más valdría que Juan adorase al sol, o a la luna, o a cualquiera cosa que no sea la Luz Interior; más le valdría adorar gatos y cocodrilos, si tiene la suerte de enconstrarse con ellos, antes que adorar al dios interior."
G.K. Chesterton. Ortodoxia.
... y se encontró de pie ante un escaparte de la Quinta Avenida. Era el de una tienda de numismática y estaba ocçbservando detenidamente un dólar de oro, preguintándose si podría permitirse añadirlo a su colección. "¿Qué colección?", se preguntó desconcertado. "So yo no colecciono monedas. ¿Qué hago aquí? ¿Y cuántas horas llevo mirando escaparates cuando debería estar en mi despacho supervisando... supervisando...?" No podía recordar lo que supervisaba. Era un negocio de algún tipo, que tenía que ver con gente dotada de algunas habilidades particulares. Cerró los ojos, tratando de concentrarse. "No, tuve que dejarlo el ñao pasado por culpa de un infarto", recordó. "Pero estaba allí, en mi despacho, hace unos pocos segundos, hablando de un nuevo proyecto con un grupo de gente". Cerró los ojos. "Ya no está", pensó confundido. "Lo que yo levanté ya no está". Abrió los ojos y se vio de nuevo en su despacho. Ante él estaban G.G. Ashwood, Joe Chip y una muchacha morena, intensamente atractiva, cuyo nombre no recordaba. Por razones que no alcanzaba a comprender, le sorprendió que no hubiera nadie más presente.
-Señor Runciter-dijo Joe Chip-, le presento a Patricia Conley.
-Encantada de conocerle al fin, señor Runciter-dijo la muchacha. Soltó una carcajada y sus ojos lanzaron un destello exultante. Runciter no sabía por qué.
"Le ha hecho algo", comprendió Joe Chip. -Pat-dijo en voz alta, lanzando en derredor una mirada de interrogación-, no pondría la mano en el fuego pero creo que aquí las cosas son diferentes-. El despacho ofrecía el aspecto de siempre: la alfombra demasiado estridente, los objetos artísticos heterogéneos de siempre, las mismas pinturas originales y sin ningún mérito... Tampoco Glen Runciter había cambiado: desordenado su cabello gris, meditativo el rostro, le devolvió la mirada. También él parecía perplejo. Cerca de la ventana, G.G.Ashwood se encongió de hombros con indiferencia. Era evidente que no veía nada anormal.
-Nada ha cambiado-dijo Pat.
-Todo ha cambiado-repudo Joe-. Debes haber retrocedido en el tiempo y nos has puesto en otro rumbo. No puedo demostrarlo ni precisar la naturaleza de los cambios, pero...
-Nada de peleas conyugales en horas de oficina-dijo Runciter frunciendo el ceño.
-¿Peleas conyugales?-preguntó Joe, desconcertado. Vio entonces el anillo que llevaba Pat en el dedo; era de plata labrada y jade, y recordó haberle ayudado a elegirlo. "Fue dos días antes de casarnos", pensó. "De eso hace cerca de un año. Entonces pasaba muchos apuros monetarios, pero ahora las cosas han cambiado: Pat, con su sueldo y su espíritu ahorrativo, las ha arreglado para siempre".
Philip K. Dick. Ubik.


"Thunder on the mountain, fires on the moon
There's a ruckus in the alley and the sun will be here soon
Today's the day, gonna grab my trombone and blow
Well, there's hot stuff here and it's everywhere I go"
Bob Dylan. "Thunder on the mountain", Modern times.
martes, marzo 04, 2008
Últimas nuevas (ya no tan nuevas)
1. Viernes 29 de febrero: concierto de Bob Dylan. Había de venir en febrero 29 (jajajaja). O sea, el viejito que anda rasguñando ya los setenta años se trepó a un escenario de una de las ciudades más mochas de México, y con sus cinco músicos matones y una producción de lo más sobria, dio uno de los conciertos más bellos, consistentes, elegantes y memorables que jamás haya tenido este rancho bicicletero. Concluimos que a la Hurona le habría encantado. Ojalá un día tenga la oportunidad de verlo, pero dada la edad del cuate, no confiamos en ello.
¿Mencioné acaso que el concierto fue bello, consistente, elegante y memorable?
2. El sábado 1 de marzo la señorita Hurona cumplió dos años. Le hicimos una mini fiesta con merienda, pastel, piñata y bolsitas. La pasó chido con la raza, especialmente con Helena y Grecia, sus dos comadres de base, y conoció a una nueva compinche, Natalia, que promete ser tan lacra como la cumpleañera. Todo terminó chido, excepto por el hecho de que se enfrió la mensa y ahora trae una infección en la garganta. Además, la señorita Grecia le pasó su infección de los ojos a dos asistentes: Helena y la consabida Hurona.
¿Cambió eso en algo en humor de la Hurona? Pues no sabemos qué pensar. Como siempre anda necia y moliendo, no vemos mucha diferencia entre su estado actual y el que normalmente presenta. Aún así, esperamos salir pronto del apuro.
3. Lázaro volvió al hospital por tercera ocasión en lo que va del año. ¿Quién? ¿Lázaro? Ah, sí. El presunto padre del Hurón. Pues sí. Otra vez al hospital, por güey. El ñor jura que ahora sí se cuidó la operación, que ahora sí descansó, que ahora sí tomó sus medicinas y ahora sí se abstuvo de sus amadas chelas. Pero claro, se le olvidó abstenerse de azúcar y carbohidratos, lo cual es delicado para un diabético. ¡Ah, que don Lázaro, se le olvidó que es diabético! ¿Qué cosas, no?
4. El signo de los tiempos. ¿Cómo sabes que la juventud se te está largando a la chingada? ¿Cuando pasas de los treinta? ¿Cuándo los niños en la tienda te llaman "señora" aunque no te veas (según tú) tan dada al catre? ¿Cuándo todas tus hermanas muestran algún achaque raro a pesar de no haber llegado a los treinta? ¿Cuándo traes el pelo canoso? No. La juventud se te va a la chingada cuando te diagnostican insuficiencia venosa (aka, várices).
¿Hurón mortificado? No exactamente. Hurón con güeva. Mucha, mucha güeva. ¿Luchar contra la edad? ¿Pintarse el pelo (bueno, eso tal vez sí)? ¿Aplicarse un facial? ¿Caminatas terapéuticas? ¿Y con una Hurona moliendo? ¿Y con episodio doble de Doctor House?
Lo bueno, es que uso pantalón y falda larga. Nadie notará las várices.
He dicho.
¿Mencioné acaso que el concierto fue bello, consistente, elegante y memorable?
2. El sábado 1 de marzo la señorita Hurona cumplió dos años. Le hicimos una mini fiesta con merienda, pastel, piñata y bolsitas. La pasó chido con la raza, especialmente con Helena y Grecia, sus dos comadres de base, y conoció a una nueva compinche, Natalia, que promete ser tan lacra como la cumpleañera. Todo terminó chido, excepto por el hecho de que se enfrió la mensa y ahora trae una infección en la garganta. Además, la señorita Grecia le pasó su infección de los ojos a dos asistentes: Helena y la consabida Hurona.
¿Cambió eso en algo en humor de la Hurona? Pues no sabemos qué pensar. Como siempre anda necia y moliendo, no vemos mucha diferencia entre su estado actual y el que normalmente presenta. Aún así, esperamos salir pronto del apuro.
3. Lázaro volvió al hospital por tercera ocasión en lo que va del año. ¿Quién? ¿Lázaro? Ah, sí. El presunto padre del Hurón. Pues sí. Otra vez al hospital, por güey. El ñor jura que ahora sí se cuidó la operación, que ahora sí descansó, que ahora sí tomó sus medicinas y ahora sí se abstuvo de sus amadas chelas. Pero claro, se le olvidó abstenerse de azúcar y carbohidratos, lo cual es delicado para un diabético. ¡Ah, que don Lázaro, se le olvidó que es diabético! ¿Qué cosas, no?
4. El signo de los tiempos. ¿Cómo sabes que la juventud se te está largando a la chingada? ¿Cuando pasas de los treinta? ¿Cuándo los niños en la tienda te llaman "señora" aunque no te veas (según tú) tan dada al catre? ¿Cuándo todas tus hermanas muestran algún achaque raro a pesar de no haber llegado a los treinta? ¿Cuándo traes el pelo canoso? No. La juventud se te va a la chingada cuando te diagnostican insuficiencia venosa (aka, várices).
¿Hurón mortificado? No exactamente. Hurón con güeva. Mucha, mucha güeva. ¿Luchar contra la edad? ¿Pintarse el pelo (bueno, eso tal vez sí)? ¿Aplicarse un facial? ¿Caminatas terapéuticas? ¿Y con una Hurona moliendo? ¿Y con episodio doble de Doctor House?
Lo bueno, es que uso pantalón y falda larga. Nadie notará las várices.
He dicho.
viernes, febrero 29, 2008
Bob Dylan dará el día de hoy su concierto en Monterrey. Debo decir que es quizá uno de los pocos músicos (si no es que el único) que me interesa ver en vivo. Ya sé que se va a portar lacra, que no le va a dar gusto al público y que acabará recetándole alguna guarrada, pero estoy muy contenta y muy entusiasmada con la idea de verlo. Me pregunto si en vivo su voz se escuchará peor que en sus grabaciones. En estos días les platico :D
Aquí les dejo una nota que me gustó. Espero que la disfruten.

Dylan, la leyenda
Sergio Sarmiento
"El que no está ocupado en nacer, está ocupado en morir".
Bob Dylan
Bob Dylan no es un cantante común y corriente. Desde la década de 1960 su fama ha trascendido la calidad de su voz, la sencillez armónica y melódica de sus composiciones, la complejidad de sus letras e incluso las pocas ventas de sus discos. Dylan es simplemente una leyenda de la música contemporánea. Y como leyenda puede darse lujos que los artistas normales no podrían siquiera considerar.
Esta semana Dylan ofreció dos conciertos en la Ciudad de México como inicio de una gira por Latinoamérica. Los conciertos fueron muy similares a los que este artista de 66 años ofrece usualmente por el mundo. Quienes buscaban corear las familiares canciones que se convirtieron en himnos de juventud y rebeldía en los años 60 se sintieron decepcionados. Dylan hace todo lo posible por evitar esa reacción fácil del público. Quienes querían conocer a la leyenda, sin embargo, se sintieron fascinados por este singular personaje.
Dylan cantó pocas canciones de los viejos tiempos que permitieran corear a los nueve mil asistentes al Auditorio Nacional. Las piezas conocidas que interpretó fueron farfulladas, más que cantadas, de manera ininteligible ante un micrófono saturado por la cercanía de su boca. El acento sureño que durante décadas ha impostado -en realidad él nació en Duluth, Minnesota- hacía todavía más difícil entenderlo. Con "Rainy Day Women 12 & 35" ("Mujeres de un día lluvioso 12 y 35"), "It Ain't Me, Babe" ("No soy yo, nena") y "Watching the River Flow" ("Mirando el río que fluye"), cantadas al principio de manera apresurada y esquiva, Dylan dejó en claro que no dejaría que el público coreara.
Me da la impresión de que a Dylan simplemente no le gusta que la gente cante con él. Esto explicaría la manera en que interpreta sus obras. Aun así fue impresionante ver cómo miles de fanáticos mexicanos que no hablan el inglés como lengua materna hicieron todo el esfuerzo posible para acompañar al cantante en la letra brillante y compleja de "Like a Rolling Stone" ("Como una piedra que rueda"), la única canción que interpretó de forma que permitió algo parecido a un coro.
Al final del concierto Dylan entonó "Blowin' in the Wind" ("La respuesta está en el viento"), su canción más famosa. Ésta fue originalmente un símbolo del pacifismo idealista de los años 60, pero con el desgaste de la reiteración acabó por volverse un lugar común: casi música de ascensor. Lo interesante es que casi ninguno de los asistentes se dio cuenta en un principio de que Dylan estaba cantando esta pieza. La melodía era irreconocible y las palabras incomprensibles. Sólo cuando llegó el coro y farfulló "The answer my friend..." ("La respuesta, mi amigo...") rompió el público en aplausos.
Un cantautor famoso corre siempre el riesgo de caer en el tópico con alguna obra temprana muy repetida. Esto le pasa a Joan Manuel Serrat con "Cantares" o a Luis Eduardo Aute con "Rosas en el mar". Sólo con mucha creatividad pueden éstos interpretar esas piezas reclamadas por el público con algún dejo de novedad. Muchos músicos mediocres, de hecho, han quedado encasillados y han dado conciertos toda su vida sólo para concluir con "esa canción" que los hizo famosos originalmente.
Dylan no corre ese riesgo: no sólo porque sus obras son demasiado brillantes, sino porque él mismo se niega a seguir el cartabón. Quizá por eso sus piezas populares las transforma hasta volverlas irreconocibles. Dylan no quiere ser un simple producto para los vendedores de nostalgia.
La mayor parte del concierto Dylan interpretó melodías virtualmente desconocidas para el público. Incluso "Things Have Changed" ("Las cosas han cambiado"), que escribió para la película "Wonder Boys" y con la que ganó el Óscar, no fue reconocida por la mayoría de los asistentes al Auditorio.
Desde un punto de vista musical, empero, las mejores interpretaciones de la noche fueron esas canciones poco conocidas, muchas de su nuevo disco "Modern Times", en que mezcló ritmos de rock'n roll, blues y country respaldado por un magnífico trabajo de Tony Garnier en el bajo y de un grupo pequeño y sencillo, pero sólido. Dylan sólo usó la guitarra, su tradicional instrumento, en las primeras piezas del concierto. El resto del tiempo empleó un teclado electrónico.
Al contrario de otros músicos, a Dylan le gustan las giras. La actual se llama "The Never Ending Tour", la Gira sin Fin. A pesar de su rechazo al público de la nostalgia, el contacto con las multitudes que lo idolatran le proporciona una inyección de adrenalina.
Dylan puede darse el lujo de hacer lo que quiera. Poco importa si canta bien o mal, para el público o para sí mismo: los auditorios del mundo se seguirán llenando a su paso porque es una leyenda. Su Gira sin Fin no tiene por qué terminar mientras el cuerpo aguante.
Aquí les dejo una nota que me gustó. Espero que la disfruten.

Dylan, la leyenda
Sergio Sarmiento
"El que no está ocupado en nacer, está ocupado en morir".
Bob Dylan
Bob Dylan no es un cantante común y corriente. Desde la década de 1960 su fama ha trascendido la calidad de su voz, la sencillez armónica y melódica de sus composiciones, la complejidad de sus letras e incluso las pocas ventas de sus discos. Dylan es simplemente una leyenda de la música contemporánea. Y como leyenda puede darse lujos que los artistas normales no podrían siquiera considerar.
Esta semana Dylan ofreció dos conciertos en la Ciudad de México como inicio de una gira por Latinoamérica. Los conciertos fueron muy similares a los que este artista de 66 años ofrece usualmente por el mundo. Quienes buscaban corear las familiares canciones que se convirtieron en himnos de juventud y rebeldía en los años 60 se sintieron decepcionados. Dylan hace todo lo posible por evitar esa reacción fácil del público. Quienes querían conocer a la leyenda, sin embargo, se sintieron fascinados por este singular personaje.
Dylan cantó pocas canciones de los viejos tiempos que permitieran corear a los nueve mil asistentes al Auditorio Nacional. Las piezas conocidas que interpretó fueron farfulladas, más que cantadas, de manera ininteligible ante un micrófono saturado por la cercanía de su boca. El acento sureño que durante décadas ha impostado -en realidad él nació en Duluth, Minnesota- hacía todavía más difícil entenderlo. Con "Rainy Day Women 12 & 35" ("Mujeres de un día lluvioso 12 y 35"), "It Ain't Me, Babe" ("No soy yo, nena") y "Watching the River Flow" ("Mirando el río que fluye"), cantadas al principio de manera apresurada y esquiva, Dylan dejó en claro que no dejaría que el público coreara.
Me da la impresión de que a Dylan simplemente no le gusta que la gente cante con él. Esto explicaría la manera en que interpreta sus obras. Aun así fue impresionante ver cómo miles de fanáticos mexicanos que no hablan el inglés como lengua materna hicieron todo el esfuerzo posible para acompañar al cantante en la letra brillante y compleja de "Like a Rolling Stone" ("Como una piedra que rueda"), la única canción que interpretó de forma que permitió algo parecido a un coro.
Al final del concierto Dylan entonó "Blowin' in the Wind" ("La respuesta está en el viento"), su canción más famosa. Ésta fue originalmente un símbolo del pacifismo idealista de los años 60, pero con el desgaste de la reiteración acabó por volverse un lugar común: casi música de ascensor. Lo interesante es que casi ninguno de los asistentes se dio cuenta en un principio de que Dylan estaba cantando esta pieza. La melodía era irreconocible y las palabras incomprensibles. Sólo cuando llegó el coro y farfulló "The answer my friend..." ("La respuesta, mi amigo...") rompió el público en aplausos.
Un cantautor famoso corre siempre el riesgo de caer en el tópico con alguna obra temprana muy repetida. Esto le pasa a Joan Manuel Serrat con "Cantares" o a Luis Eduardo Aute con "Rosas en el mar". Sólo con mucha creatividad pueden éstos interpretar esas piezas reclamadas por el público con algún dejo de novedad. Muchos músicos mediocres, de hecho, han quedado encasillados y han dado conciertos toda su vida sólo para concluir con "esa canción" que los hizo famosos originalmente.
Dylan no corre ese riesgo: no sólo porque sus obras son demasiado brillantes, sino porque él mismo se niega a seguir el cartabón. Quizá por eso sus piezas populares las transforma hasta volverlas irreconocibles. Dylan no quiere ser un simple producto para los vendedores de nostalgia.
La mayor parte del concierto Dylan interpretó melodías virtualmente desconocidas para el público. Incluso "Things Have Changed" ("Las cosas han cambiado"), que escribió para la película "Wonder Boys" y con la que ganó el Óscar, no fue reconocida por la mayoría de los asistentes al Auditorio.
Desde un punto de vista musical, empero, las mejores interpretaciones de la noche fueron esas canciones poco conocidas, muchas de su nuevo disco "Modern Times", en que mezcló ritmos de rock'n roll, blues y country respaldado por un magnífico trabajo de Tony Garnier en el bajo y de un grupo pequeño y sencillo, pero sólido. Dylan sólo usó la guitarra, su tradicional instrumento, en las primeras piezas del concierto. El resto del tiempo empleó un teclado electrónico.
Al contrario de otros músicos, a Dylan le gustan las giras. La actual se llama "The Never Ending Tour", la Gira sin Fin. A pesar de su rechazo al público de la nostalgia, el contacto con las multitudes que lo idolatran le proporciona una inyección de adrenalina.
Dylan puede darse el lujo de hacer lo que quiera. Poco importa si canta bien o mal, para el público o para sí mismo: los auditorios del mundo se seguirán llenando a su paso porque es una leyenda. Su Gira sin Fin no tiene por qué terminar mientras el cuerpo aguante.
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