lunes, septiembre 08, 2008

Japi bírdei, D



Mi comadre de hace un chingo de años (ya no llevo la cuenta exacta), la D, acaba de cumplir años este 7 de septiembre. La familia Hurón la visitó a ella, al G y a la H el sábado, y la pasaron de poca madre.

(Esa D, los tamales y el pastel estuvieron muy chidos, pero estuvo más chido pasar el rato con ustedes, y discutir de lo chilero de la movie de Batman y ver una película chilera de Batman :D Esperamos que la hayas pasado chidillo, sí-sí).

jueves, septiembre 04, 2008

Ahi la lleva


Mi mini jazmín tiene brotecitos. Se los debe haber dejado la lluvia. Aparentemente, la va a librar :D

martes, septiembre 02, 2008

Hurona moneando

Irene en la fuente.

Irene de nuevo en la fuente.

Irene rumbo al estacionamiento gigante de Cintermex.

Irene pensativa (está pensando cómo jorobar en cuanto llegue a casa).

Irene decidida.

Irene mimando a una vaquita.

Irene trepada en un poni.

martes, agosto 26, 2008

Felicidad


La felicidad es felicidad, no importa que la causa sea pequeña.

Hace unos dos meses el Pachuco y yo rescatamos nuestro jazmín más antiguo (lo tenemos desde que nos mudamos a nuestra actual casa) de un hormiguero que lo tenía asolado ya hacía tiempo. Lo trasplantamos del piso a una maceta, y aunque el proceso fue lento, se adaptó y ahora parece bastante contento. Tiene hojitas muy verdes y tiernitas, y entre las ramas viejas y nudosas asoman muchas nuevas. Es probable que pronto se anime a dar alguna flor. Pero no corre prisa, me doy por bien servida que se haya salvado de los bichos.

Hace cosa de dos semanas el Pachuco y yo notamos que en el sitio donde estaba antes el jazmín brotó un retoñito. Una raicita que se quedó por ahí y sobrevivió el calor y despertó con las lluvias. Aventó unas hojitas muy monas y la microplanta estaba muy bonita en el suelo, cuando las hormigas la atacaron y la dejaron pelona. Ayer me animé a trasplantarla también a una macetita de barro. Hoy llegué a casa y la vi viva aún. Ojalá que siga viva mañana.

Hurón feliz, feliz :D

lunes, agosto 25, 2008

Tío Faco

La Hurona anduvo muy engentada este sábado por la noche con los tíos Sagaz, Sensato y compañía. El Sr. Sagaz tiene el honor de ser llamado, desde entonces, "Tío Faco". Ni modo, ya intenté remediarlo, sin resultados halagüeños. Y bueno, ya se está animando muy tímidamente a llamar a Pearl "Tía".

A propósito, la última foto la tomó la Hurona. Tiene buen ojo :D

Saludos.



jueves, julio 31, 2008

La era de las mutaciones

La ciencia-ficción ha muerto, ¡viva la ciencia-ficción! Con sus temas de actualidad y su modus operandi, en cambio, obligado por la crisis a mutar, el género menos enchufado de la narrativa española parece decidido a desoír las trompetas del apocalipsis. Para ello, sus autores exploran, clonan, rediseñan... Los optimistas incluso dan píldoras de ánimo: la reciente nominación de Zigzag (Plaza & Janés), de José Carlos Somoza, al prestigioso Premio John W. Campbell; la concesión del Ateneo de Sevilla a Félix J. Palma por El mapa del tiempo, cuyo regreso al futuro con H. G. Wells rezuma steampunk; la aparición de sellos (Omicrón, Quantum) o revistas (Historias Asombrosas)... Según el crítico Julián Díez, coordinador en Minotauro de la excelente Antología de la ciencia ficción española (1982-2002), "el género aún es una herramienta poderosa. Sus temas son más pertinentes que nunca, aunque anden camuflados en obras como La carretera, de McCarthy, o Nunca me abandones, de Ishiguro. La ucronía y la distopía siguen vivas, lo que decae es su versión cientifista".

Sin tradición ni lectores, es cierto, la ciencia-ficción purista suena hoy tan trasnochada como el Coronel Ignotus. Ningún autor de la generación de oro de los noventa -Rafa Marín, Javier Negrete, Elia Barceló, León Arsenal, Juan Miguel Aguilera, Rodolfo Martínez- la ha cultivado esta década (a excepción de Martínez en El sueño del Rey Rojo, en Gigamesh) y muchos, tras borrar del disco duro la space opera y el ciberpunk, han preferido saltar a la fantasía, la historia o el género juvenil, como el hiperdotado César Mallorquí. Gracias a ello, con todo, la ciencia-ficción se está enriqueciendo con fórmulas mestizas. Lo ilustra Marín, que tras su irrupción con la mítica Lágrimas de luz, de 1982, ha mutado en varias líneas hasta urdir Juglar (Minotauro), una cuidada fusión de cantar de gesta y ucronía. De igual calidad, éxitos como La locura de Dios (Ediciones B), donde Aguilera sitúa a Ramon Llull ante una civilización de prodigiosa tecnología, o El secreto del orfebre (Lengua de Trapo), donde Barceló convierte un amor de posguerra en un poético viaje temporal, evidencian que la experimentación podría llevar a la ciencia-ficción mestiza a años luz de la actual.

Negrete, también en plena mutación con su ciclo sobre Tramórea, lo deja claro: "En mi obra aún hay ciencia-ficción, pero ahora hago fantasía razonada y ucronía... El género puro está obsoleto, suena freak". Tras admitir que la etiqueta crea rechazo, el madrileño declara: "Me da igual si Michael Chabon escribe o no ciencia-ficción; lo parece, pero no lo leo por eso, sino porque es bueno". Más dura, la respetada Elia Barceló añade: "Aunque los nostálgicos protesten, hoy manda la fusión, la hibridación, la búsqueda libro a libro. Y si para eso hay que ir a editoriales generalistas, se hará, le guste o no al fandom [mundillo de los aficionados]". Igual lo ve Díez, quien cree imparable el salto al mainstream: "Si un autor de género ve que un generalista gana un respeto que a él, por publicar en sellos especializados, le está vetado, es normal que desee cambiar de aires".

Cual cyborgs con prótesis de género, mientras, los colonos siguen llegando: del reincidente Somoza a Ray Loriga, Suso de Toro, Rosa Montero, Eduardo Mendoza o, esta temporada, Iban Zaldua (Porvenir), Palma o José María Merino (Las puertas de lo posible), los narradores más desprejuiciados han aprendido a infiltrar la ciencia-ficción en editoriales antes reacias, aunque sea a costa de eufemismos como fantasía especulativa, narrativa futurista, utopía científica... De confirmarse la tendencia, con todo, ¿se acentuará la crisis en las colecciones de género? ¿Se alargará la sombra de la extinta Miraguano en sellos especializados como Parnaso, Equipo Sirius, Grupo AJEC o las asentadas Gigamesh, Nova o La Factoría? "Vivimos de la fantasía, nadie pasa su mejor momento", reconoce Luis G. Prado, editor de Alamut/Bibliópolis; "muchos sólo traducen o publican a autores menores del fandom para contentar a los incondicionales". Sabedor de que best sellers como su buque insignia Andrzej Sapkowski o George R. R. Martin en Gigamesh se restringen a la fantasía extranjera, Prado pide resurgir con un cambio: "Los fans tipo Star Wars no lo son todo, los editores serios quizá deberíamos buscar otra denominación para el resto de la fantasía científica, que sí que interesa al gran público".

Menos seguro, el editor de Minotauro, José López Jara, reorienta el análisis: "Ante este cambio de ciclo, los autores han de entender que hay una ciencia-ficción que sí gusta: la del thriller científico a lo Frank Schätzing, la de la ecología y los riesgos del avance tecnológico". Inquieto porque a la editorial llegan pocos originales así (el Premio Minotauro no ha laureado en seis años ni una obra de ciencia-ficción), López Jara admite que es difícil crear cantera, como intentó hacer su predecesor Francisco García Lorenzana, pero anuncia que en 2009 lanzará Aquamarin, una novela sobre chips de la española de origen bielorruso Vera Parkhutic. "Por ahí", dice, "el género todavía tiene futuro".

Mientras, el núcleo duro prefiere mimar al autor del fandom, surja de premios y eventos o de unas publicaciones cada día más online. "De ahí sale poco talento, pero es casi el único", cree el crítico Juanma Santiago, seguro de que promesas como Eduardo Vaquerizo, José Antonio Cotrina o David Mares se forjaron en tales foros. Aun así, advierte: "El fandom con cerebro desaparece, internet clona a los fans y ya hay más escapismo que espíritu admonitorio, así que el caldo de cultivo corre peligro".

Habrá que vigilar: de ser así, las mutaciones, como en todo entorno hostil, seguirán multiplicándose...

RICARD RUIZ GARZÓN, en http://www.elpais.com/articulo/semana/era/mutaciones/elpepuculbab/20080719elpbabese_5/Tes

lunes, julio 28, 2008

La ciencia ya no es ficción

La ciencia puede iluminar nuestro entendimiento, pero la literatura nos ofrece algo que la mayoría de las personas valoran más, porque les resulta más próximo: entretener sus días, divirtiéndoles una veces, conmoviéndoles otras. La ciencia-ficción reúne a ambas, en una combinación que, cierto es, no siempre es rigurosa desde el punto de vista científico, pero ¿importa esto, si de lo que se trata es de entretener, de desplegar imaginación?

Está claro, por ejemplo, que cuando en los Viajes de Gulliver (1726) Jonathan Swift describía una Isla Volante, Laputa, que se mantenía en el aire mediante un imán de tamaño descomunal que controlaban unos astrónomos, estaba haciendo ciencia-ficción, todo lo primitiva que se quiera, pero ciencia-ficción (como, por cierto, también lo fue un libro, Somnium, que escribió Kepler, publicado póstumamente en 1634, en el que explicaba y defendía el sistema heliocéntrico describiendo las observaciones que realizaba un hombre que había sido transportado a la Luna por demonios). Ahora bien, si valoramos los Viajes de Gulliver, si la consideramos una novela inmortal, es porque en ella Swift desplegó una tan ácida como maravillosamente imaginativa crítica. En los capítulos en que hablaba de los laputanos ("gentes tan sumidas en profundas especulaciones que no son capaces de hablar y de prestar atención a lo que otros dicen"), en realidad de lo que trataba era de los científicos; éstos eran su objetivo, desde el rey hasta los criados que "cortaban el pan en conos, cilindros, paralelogramos y otras figuras geométricas". Nos importa menos, y desde luego no ha dejado huella en la ciencia, el que incluyese entre los grandes temores de los laputanos el de si la Tierra, al acercarse continuamente al Sol, acabaría por ser atraída y tragada por él, o que la superficie solar quedara cubierta gradualmente por una costra producida por sus emanaciones que impidiera iluminar y calentar a la Tierra.

Y ya que nos ha aparecido la cuestión de la posible viabilidad futura de lo que autores de ciencia-ficción han imaginado, ¿ha sido frecuente que acertasen?

No es posible olvidar en este sentido la que muchos consideran como la primera obra de ciencia-ficción en sentido estricto: el Frankenstein (1818) de Mary Shelley. En una era como la presente, dominada en ciencia por disciplinas como la biología molecular, la ingeniería genética y la biotecnología, y por logros como clonaciones, células madre o animales y plantas transgénicas, el monstruo creado por el científico protagonista de la novela de Shelley nos resulta familiar y acaso posible. Más aún, el trasfondo ético-moral que subyace detrás de la novela es hoy más actual que nunca.

¡Y qué decir de Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, con embriones producidos en masa; esto es, la reproducción humana convertida en un proceso industrial selectivo (además, los embriones eran tratados de manera que condujeran a diferentes tipos, de acuerdo con sus destinos futuros)! Shelley y Huxley vieron, con claridad o intuyéndolo, posibilidades que la era del ADN recombinante está alumbrando.

Cuando se habla de éxito en las predicciones de autores de obras de ciencia-ficción, es inevitable mencionar el nombre de Julio Verne. Cierto, en sus novelas aparecen, por ejemplo, submarinos movidos con energía eléctrica (el Nautilus de Veinte mil leguas de viaje submarino, 1869-1870) o telégrafos "fotográficos" (París en el siglo XX, obra póstuma) que podían enviar a distancia facsímiles de documentos. Ahora bien, lo que pocas veces se dice es que Verne no fue el primero que imaginó artilugios semejantes. En 1880, el ingeniero norteamericano Robert Fulton presentó a Napoleón un submarino que había construido, proponiéndole que lo utilizase contra los ingleses. El nombre que le puso fue ¡Nautilus! Y en 1859, Narcis Monturiol construyó el Ictíneo, que llegó a sumergirse en el puerto de Barcelona. En cuanto al telégrafo fotográfico que presagiaba el fax, como en la propia novela se reconoce fue un invento de un italiano, Giovanni Caselli (1815-1891): lo llamaba "pantetelégrafo". La imaginación de Verne estaba bien nutrida por conocimientos científicos. En realidad fue una mezcla de novelista y divulgador científico, aunque esa faceta de su obra haya quedado difuminada con el paso del tiempo.

H. G. Wells es otro de los hitos clásicos en la literatura de ciencia-ficción. Combinaba el horror gótico de Shelley con los viajes de Verne y la sátira de Swift, y vislumbró algo de lo que la ciencia haría en el futuro si no posible sí imaginable. Recordemos en este sentido La máquina del tiempo (1895) y La guerra de los mundos (1898), en la que predecía la posibilidad de bombas atómicas. Por cierto, el físico Leo Szilard leyó esta novela cuando en la década de 1930 estaba desarrollando la idea de una reacción nuclear en cadena. Tal vez aquella experiencia le sirviese cuando el propio Szilard probó suerte en el género con el propósito de utilizar la ciencia-ficción para defender sus llamamientos a favor de la paz mundial. Voice of the dolphins (1961) es su principal obra en este campo.

Como Szilard y Kepler, otros distinguidos científicos también han practicado esta difícil empresa literaria. Dos astrofísicos, Fred Hoyle, autor de, entre otras, La nube negra (1957), y Carl Sagan (Contacto) son mis favoritos en este apartado. El ejemplo de Contacto viene bien para recordar un elemento que ha figurado en legiones de novelas de ciencia-ficción, los viajes por el espacio en general, y en el tiempo en particular. Es verdad que tales periplos habían sido imaginados antes (no es difícil), pero sólo adquirieron un tinte de seriedad tras el advenimiento de la teoría de la relatividad general de Einstein y de la cosmología relativista. Agujeros de gusano y negros o universos paralelos son elementos que la ciencia relativista ha puesto a disposición de los autores de ciencia-ficción y no al revés.

Y es que es muy difícil predecir el futuro. Recordemos el caso del físico estadounidense Albert Michelson, premio Nobel de Física en 1907, quien en 1894 pronunció las siguientes palabras: "Parece probable que la mayoría de los grandes principios básicos hayan sido ya firmemente establecidos y que haya que buscar los futuros avances sobre todo aplicando de manera rigurosa estos principios... Las futuras verdades de la Ciencia Física se deberán buscar en la sexta cifra de los decimales". Un año después de que Michelson pronunciase estas rotundas, y equivocadas, palabras, en 1895, Röntgen descubría los rayos X y el año siguiente Becquerel la radiactividad. La historia de la ciencia no se puede leer desde el punto de vista de la ciencia-ficción. De hecho, no es infrecuente, especialmente a partir del último siglo y medio, que los descubrimientos científicos nos parezcan más ficción que realidad; la física cuántica, con sus ondas probabilistas en las que conviven ondas y partículas, constituye un buen ejemplo. El autor de ciencia-ficción puede, acaso, imaginar el futuro, pero algunos científicos lo vislumbrarán con mayor seguridad. Mi ejemplo preferido en este sentido es el de William Ayrton, un hoy olvidado catedrático de Física aplicada de ingeniería eléctrica de Londres. En una conferencia que pronunció en 1897, Ayrton pronunció estas proféticas palabras: "No hay duda de que llegará el día en el que probablemente tanto yo como ustedes habremos sido olvidados, en el que los cables de cobre, el hierro y la gutapercha que los recubre serán relegados al museo de antigüedades. Entonces, cuando una persona quiera telegrafiar a un amigo, incluso sin saber dónde pueda estar, llamará con una voz electromagnética que será escuchada por aquel que tenga el oído electromagnético, pero que permanecerá silenciosa para todos los demás. Dirá '¿dónde estás?' y la respuesta llegará audible a la persona con el oído electromagnético: 'Estoy en el fondo de una mina de carbón, o cruzando los Andes, o en el medio del Pacífico".

En la era de los teléfonos móviles, las anteriores palabras suenan familiares, ¿no?

JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON, en http://www.elpais.com/articulo/semana/ciencia/ficcion/elpepuculbab/20080719elpbabese_4/Tes/